ALIMENTOS Y ADICCIONES, UNA RELACIÓN PREHISTÓRICA

Como bien sabéis, la nutrición es un factor determinante en la consecución de nuestros objetivos en el gimnasio. En función de la dieta que apliquemos, el trabajo realizado contará con menor o mayor efectividad.

Ahora bien, mantener a raya la disciplina en el plato puede ser incluso más complicado que respetar la rutina semanal de ejercicios. Y es que, para empezar, una nutrición correcta y acorde puede llevarnos en algunos casos casi tanto tiempo como el que le dedicamos al deporte de forma estricta, planificando, consultando, comprando, cocinando para finalmente consumirlo en lo que dura un suspiro.

Una dinámica que puede dinamitarse si acumulamos otros alimentos menos saludables y que juegan en nuestra contra, y que, curiosamente, suelen generarnos más placer al paladar que los que deberíamos comer. Azúcares y grasas en exceso son nuestros enemigos, y sin embargo, decirles que no cuesta mucho más que con cualquier otro alimento.

Es casi una respuesta evolutiva que merece ser observada con la distancia que se merece. Si echamos un vistazo histórico, no hace demasiado de aquellas épocas en las que el ser humano no tenía asegurada una ración de alimentos suficiente como para sobrevivir a diario. Esto ha sucedido durante miles de años, y como es lógico, nuestro cuerpo se ha convertido en un ahorrador nato.

Y es que, a nuestro organismo le interesa, por ejemplo, acumular grasas, porque entiende que así asegurará la supervivencia, y de ahí que existan determinados alimentos cuya ingesta ayuda a ese objetivo de forma más eficaz, y que traigan consigo una satisfacción psicológica.

En nuestros días, esta satisfacción, pasada por el rodillo del consumo de masas, ha terminado derivando en adicciones. Esta palabra la solemos utilizar para referirnos al consumo de ciertas sustancias como las drogas. En el caso de los azúcares, aunque las consecuencias no son tan inmediatamente nocivas con las anteriores, sí que acostumbran a crearnos esa sensación de necesidad imperiosa.

No es de extrañar, porque, como comentamos, los dulces o las bebidas con azúcar tienden a reducir el cortisol y el estrés. Lo mismo ocurre con la comida rápida. Las perniciosas consecuencias de su consumo son de sobra conocidas. Por eso, deberíamos erradicar de nuestras dietas la comida rápida, las frituras, la bollería y pastelería industrial, los dulces, los refrescos, snacks comerciales y refrescos. A día de hoy, es hasta de sentido común, pero nunca está de más recordarlo.

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