¿ESTÁ EL AGUA (Y LAS BEBIDAS DEPORTIVAS) SOBREVALORADA?

Una de las grandes obsesiones del deportista del siglo XXI consiste en no perder nunca el nivel óptimo de hidratación. Nuestro cuerpo es más de un 60% agua, y en consonancia, debemos realizar ingestas del líquido elemento con asiduidad.

No obstante, muchos científicos han comenzado a preocuparse por costumbres que llevan años arraigados en nuestras vidas. Ya no bebemos agua porque tenemos sed, bebemos agua porque consideramos que su consumo es recomendable más allá de la necesidad, por una serie de motivos muy variada: creer que nos mantenemos hidratados, perder peso, paliar el efecto de un esfuerzo físico, etc.

Muchos investigadores se han venido preocupando porque entienden que es algo impuesto más desde un punto de vista socioeconómico que por motivos de salud. ¿Debemos consumir entre 2 y 3 litros de agua al día? ¿Es realmente necesario que nos acompañe una botella a todas parte? ¿Podría ser dañina el agua?

En primer lugar, en muchas ocasiones os hemos mencionado que debemos conocernos, y eso implica escuchar a nuestro propio cuerpo. La sed es un indicador del líquido que necesitamos, insustituible por cualquier recomendación. Todo lo que sea ingerir por encima de lo que marca nuestra sed puede ocasionar algún que otro desbarajuste, en función de las cantidades. Y es que si nos pasamos bebiendo agua (algo que admitimos, cuesta asimilar), vamos a desajustar nuestros niveles de sodio y potasio en sangre. Además, no es demasiado beneficioso ingerir demasiada agua en la comida o durante la digestión, pues reduce la efectividad de los jugos gástricos.

Del mismo modo, no es cuestión de alarmarse, pero sí conviene quitarse de la cabeza la equivocada idea de que la sobre-hidratación nos va a ayudar. Por ejemplo, hincharse a agua durante los 10 primeros kilómetros de una maratón no va a ayudarnos en absoluto, pese a los múltiples puestos de avituallamiento que podamos encontrar (claro está, también depende de las circunstancias como la temperatura externa).

Algo parecido ocurre con la creencia de que beber agua en exceso nos ayuda a perder peso. La ciencia sí ha demostrado que ingerir determinadas cantidades de agua a una determinada temperatura (fría) en determinados momentos (por ejemplo, antes de comer) activa nuestro metabolismo o sacia más el apetito, pero de ahí a obsesionarnos con beber aguar para perder peso va un buen trecho. Para este propósito es más efectivo, por ejemplo, acudir al gimnasio o darse un baño en agua (sí, agua) fría, que pasarse bebiendo.

Algo parecido ocurre con las popularizadas bebidas isotónicas. Más de un nutricionista deportivo nos ha aconsejado alejarnos de las marcas más comerciales, o al menos, no pensar que uno de estos productos va a compensar las pérdidas de sales minerales sufridas. Sus efectos milagrosos están sobre-dimensionados, y citando a uno de ellos (nutricionista): “jamás confíes en un producto que se vende en su envoltorio como muy saludable”. La naturaleza es sabia, no debemos ignorar la sed por exceso.

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